Si uno quiere tener consciencia del paso del tiempo, no hay nada como acercarse a los cines este fin de semana y disfrutar de la proyección de dos revisiones del cine de acción de los noventa como pueden ser Dredd y Total Recall cuyos  paralelismos con sus antecesoras son enormes, y que por ello que justifican análisis conjunto de las mismas con cierto aire de retrospectiva para los nostálgicos.

Introduzcámonos en la máquina del tiempo, y retrocedamos hacia el pasado, hacia 1990, los felices noventa, donde el mundo crecía subido de la burbuja del ultraliberalismo que recién cumplía unos pocos años. En estas circunstancias, aparece Total Recall, del director Paul Verhoeven que recoje la estética kitch de los ochenta para lanzarnos a la superficie de marte en una intriga imposible de agentes secretos de no se sabe bien que agencia, pelos cardados, ropa ajustada, abundancia de plomo y color, mucho color aderezado con música repleta de fanfarria heroicas. Y es que si por algo destaca la obra cumbre del realizador holandés, es por ese aire a serie B tan bien recogido, y la forma tan bella de envejecer que ha tenido que hace que un visionado en estos días, haga que se nos asome una sonrisa cómplice a la cara. El mundo vivía feliz, frívolo, y lleno de contrastes musicales y culturales tal como se plasma en la cinta. No obstante, el anteriormente mencionado aroma a bajo presupuesto se justificaba por las limitadas capacidades interpretativas de sus protagonistas principales. Reconozcámoslo, los mejores papeles de Schwarzenegger son aquellos en el que los diálogos son pobres (Terminator, Conan el Bárbaro), y a pesar de los numerosos modismos que esta película introdujo a través del personaje de Quaid/Hauser, el metraje adolece de cierto ritmo interpretativo a pesar de los encomiables esfuerzos de una bestia de la interpretación como es Michael Ironside y de la bellísima Sharon Stone que pocos años después rompería los esquemas del thriller policial en Basic Instinct, de nuevo a las órdenes del realizador holandés.

Avancemos un poco en nuestro diabólico artefacto, hasta detenernos en 1995. En cinco años, el mundo ciertamente ha comenzado a experimentar un cambio. La crisis financiera mexicana del 94 está en su apogeo, y poco a poco se va contagiando a los mercados orientales como preludio de la hecatombe del 2008. Sin embargo, Hollywood sigue viviendo su particular sueño del crecimiento económico eterno de salas llenas y de megaproducciones, como por ejemplo, Waterworld, con contratos milmillonarios y estudios que no dan abasto en su producción. En estas circunstancias llegó a las pantallas Judge Dredd. ¿Quien es Dredd?. Dredd es un personaje duro, justiciero y solitario que vio la luz en el comic británico 2000 AD de los cuadernos del zaragozano Carlos Ezquerra. Dredd vive, al igual que Hauser, en un futuro distópico, pero al contrario que este, se trata de un mundo arrasado por la radiación de una guerra nuclear en el cual la población se agolpa en megaurbes plagadas de crimen. Ante el colapso del sistema judicial, se opta por una solución práctica. Los propios jueces reciben instrucción policial (o formación judicial, según se mire) y agregan sobre ellos los roles de Abogados, Fiscales, Jueces, y agentes de la ley administrando justicia sobre la marcha. Ni que decir cabe que se trata de la pena capital en gran cantidad de casos.

Judge Dredd no se entiende sin su director, Danny Cannon un británico que luego reconduciría su carrera hacia la televisión como responsable de  numerosos episodios de la franquicia C.S.I. (recuerden los espectadores como la serie satura de color la pantalla) y sobre todo,no se entiende sin el propio Carlos Ezquerra coautor y supervisor estético de la cinta. El resultado es, como ya viéramos en Total Recall, un relato lleno de color; un cómic vivo donde se pasa por delante de la práctica totalidad de los tópicos de las historias de Dredd y sus personajes secundarios.

No obstante, al igual que Hauser, tuvo la mala suerte de ser encarnado por otro actor esteroideo que ha alternado actuaciones aceptables con otras absolutamente mediocres como es Sylvester Stallone. Así, y a pesar de contar con compañeros de reparto de la talla de Jürgen Prochnow (el capitán de submarino de Das Boot) y sobre todo Max Von Sydow, la cinta no llega a tomar altura, torpedeada contínuamente por las apariciones cómicas de Rob Schneider que no hacen si no romper el ritmo llegando a resultado final ciertamente mediocre, a excepción de una fantástica fotografía e una imaginería perfectamente reflejada que es lo que finalmente resulta rescatable de la película.

Dejemos en la memoria estos análisis, y volemos hasta el presente. Entre medias, los atentados del 11-S y sobre todo la crisis financiera internacional, han hecho mella en una población agotada y pesimista, muy alejada de aquella que abarrotaba las salas en los noventa.

Eso se refleja en el cine actual, sobre todo el futurista, y es que de unos años a esta parte es difícil ver aquel colorido que saturaba la retina del espectador. Por el contrario, Dredd y Total Recall en 2012 son películas con abundancia de tonos fríos, grises, opresivos, y claustrofóbicos con bandas sonoras repletas de graves que las dotan una atmósfera pesada, resignada a asumir que el futuro es así, gris y frío. Además, los héroes ya no son musculados, sino atléticos, ya no van impolutamente afeitados sino que denotan cierto grado de dejadez con maquillajes enfermizos e incipientes barbas. Ahora son personajes tocados por ese aire de angustiante resignación del Deckard de Blade Runner, y su mundo se parece mucho al que nos describió Riddley Scott en su magistral cinta.

Pero no es Blade Runner la única referencia a tener en cuenta en el Dredd dirigido por Peter Travis. Travis, conscientemente o no, parece inspirarse en la salvaje cinta indonesia  The Raid de Gareth Evans (por favor, no dejen de verla si les gusta el cine de acción) y hace guiños continuos al personaje original, que interpretado por Karl Urban resulta mucho más aproximado al concepto de justiciero solitario que el encarnado por Stallone, aunque echemos de menos los modismos (No recordamos un sólo «Yo soy la ley») de éste último. Pero por lo demás, pareciera que estuviéramos viendo, no el universo original que creara Carlos Ezquerra, sino una continuación de la formidable ambientación que encontráramos en Soylent Green de Richard Fleischer. Pero lo mejor de Dredd, no es la ambientación, que es fantástica, no son sus personajes, cercanos y creibles. Es el magnífico uso, revolucionario podríamos decir, que hace del Slow Motion, y que de hecho, da nombre a una ficticia droga de diseño alrededor de la que gira la película, el Slowmo, un narcótico que hace que tiempo pase más lento en el cerebro del consumidor. También es sorprendente el uso, que no abuso, de un tipo de plano poco explotado en cine; el plano nadir, ese que consiste, por ejemplo, en rodar desde abajo a gente caminando sobre un cristal. El resultado final de la película, es realmente sorprendente, una virguería visual y auditiva que recoge elementos del cine más reciente y los enriquece con otros de su propia cosecha.

Por otra parte, el Total Recall del director Len Wiseman, resulta ser un remake más clásico en contraposición al reboot que supone Dredd (alejada del argumento de la obra de 1995). En Total Recall, es fácil ir siguiendo el hilo de la película si uno ya visionó en su día la película de Verhoeven aunque se haya cuidado de añadir sorpresas respecto al original. Con actores de más talla interpretativa que su antecesora del 90 (Collin Farrell está soberbio en el papel y Kate Beckinsale no desmerece), no podemos decir que se aleje mucho en el planteamiento. Echaremos de menos, eso sí, varios personajes pero no se introducen elementos que rompan la escenografía. Al igual que Dredd, es una película oscura y gris, con uso de tonos fríos que también incomodan al espectador. Sin embargo, las escenas de acción están perturbadas por esa horrenda moda que ha popularizado Michael Bay. Nos referimos al Shaking, ese efecto que consiste en agitar la máquina pretendiendo disparar la adrenalina del espectador, pero que termina saturándolo y mareándolo.  Es en Total Recall donde veremos más expresamente aquel aire a ciudad cosmopolita decadente que se grabó en nuestras retinas con la primera secuencia que seguía a aquel mítico «Los Angeles 2019» de Blade Runner. En ese sentido, la película se disfruta y es una pena que en un alarde de presunción, tratando probablemente de aproximar el resultado a un público que vibrara con las aberraciones visuales de Transformers, se pierdan tantos detalles de la impresionante fotografía que se intuye podría llegar a tener. Pero si por algo destaca  la herencia recibida, es en los contínuos homenajes a la primera, como la prostituta de tres pechos, frases calcadas de la anterior película… presten atención, si han visto la original, al paso de la aduana, y disfruten viendo como se juega con las presunciones del espectador que haya visto el original de 1990. Por lo demás, Wiseman, repite los esquemas narrativos y visuales que tanto éxito le han dado con su saga «Underworld», y hay que decir, que es el que mejor explota el potencial interpretativo de Beckinsale, haciendo de ella una extraordinaria Lori.

En definitiva, dos películas, recomendable una (Total Recall) e imprescindible otra (Dredd) que se disfrutan mucho más viéndolas en sesión doble con sus compañeras.

 

 

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