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Sentada en una sala de cine gringo del tamaño de un elevador, mientras el olor a palomita rancia dominaba el ambiente, no podía dejar de pensar en la maldita pelotita roja que rebota por la pantalla antes de cada función en Cinemex.

Odio a esa pelotita. Odio la mala animación con la que está hecha y odio todos los comerciales a los que Cinemex obliga a ver al público antes de las películas. Odio también los propios anuncios de Cinemex que nos hablan de su tarjeta de miembro especial pero odié más que a ninguno otro el anuncio de su décimo aniversario, pues pasó durante un año completo antes de cada película. Sin embargo, no puedo dejar de sentir en mi corazón un enorme vacío ahora que no tengo un Cinemex cerca.

Hace un par de meses que me mudé a Gringolandia y ya he ido al cine en unas cuantas ocasiones. Pensé que el cine acá debería ser una experiencia maravillosa de principio a fin. No en vano estaba ahora viviendo en el país donde está Hollywood. Así pues, llena de emoción compré los boletos y me aventuré al cine gringo más cercano. ¡Oh, desilusión!

Los cines que he visitado son muy tristes. Parecen recién salidos de los ochentas, como si fueran parte de la escenografía de Back to the Future. Además estaban vacíos, a pesar de que las salas no eran tan grandes como en México. He visto películas en total ausencia de compañeros espectadores, aunque eran las 8 de la noche. La sensación de alegría general antes de ver una película, que es muy común en México, había sido totalmente borrada y reemplazada por la sensación de que toda la gente aquí había desaparecido y yo era la única sobreviviente.

Cuando iniciaron las películas pensé que era maravilloso que no pasaran ningún comercial antes. Pero ahora no me importaría volver a perder los 20 minutos de comerciales obligados en Cinemex con tal de sentir esa misma calidez que en México me daba ir al cine. Aquí en Gringolandia las salas son más oscuras, con alfombras más feas, con asientos menos cómodos y pantallas más chicas. A eso hay que sumarle el hecho de que la entrada por persona cuesta 10 USD. Demonios… es lo mismo que cuesta Cinemex Platino y en México puedo además comer platillos gourmet, tomar vino y tener atención personlizada. Y el cine es nuevo, con asientos cómodos y no huele a palomita rancia.

En fin, bien dicen por ahí que uno no sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido. Tengo un amigo en Londres que se queja de lo mismo que les paltico ahora y una amiga en Paris que sólo va al cine si es súper especial la película porque es muy caro. Así que, mis queridos compatriotas, valoren esos pequeños lujos que tienen de disfrutar de una magnífica sala de cine nueva, por la mitad del dinero que cuesta en otros países.

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