Dime de qué te ufanas... Homenaje a Gustavo García

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Hace unos meses murió el crítico de cine Gustavo García. En su último artículo en la revista Nexos escribió con desencanto que el cinéfilo, esa persona rara que en las pláticas de sobremesa platicaba sobre sus películas favoritas en lugar de los avatares de su existencia, había muerto. En su sustitución quedó el intelectual que filosofa con sumas.

Aquel individuo admira en las películas un discurso complejo sobre la situación del universo, piensa conocer el alma de países lejanos cuando acude a los festivales de cine, divaga sobre la apolillada y decadente sociedad norteamericana cuando ve Scary movie o cualquier película de humor adolescente. Su afición por el cine es un maratón contra la ignorancia, sus amigos, su familia y todo contra quien que ose demostrar un ápice de conocimientos. ¿Qué tanto aumenta nuestro coeficiente intelectual saber de las novedades cinematográficas de Irak?

Una horda de intelectuales ataca la red

En nombre de la ostentación de sabiduría se han formado legiones en la era digital. Lo que antes se lograba por una avidez de lecturas, una reflexión vigorosa y la concienzuda elección por parte de las editoriales, ahora se consigue con un teclado, una computadora que esté conectada a la red virtual y un discurso fatalista e inflado que estriba en la genialidad de decir que el mundo es un caos.

Las redes sociales han sido un escaparate para que las personas tengan voz en las problemáticas de la sociedad. Esta apertura sin embargo ha generado una falsa apreciación de la libertad y el buen uso de los medios. Si bien entre el océano del internet se encuentran opiniones valiosas, éstas son la aguja en el pajar. Basta boca, en este caso sinapsis para medio formular oraciones simples y escribirlas, para opinar sesudamente sobre los temas más variados.

¿Cómo parecer listo y no morir en el intento?

Una poética de lo listo e inteligente se puede discernir entre tanto posteo en facebook y tantos blogs en la red. He aquí algunos de sus puntos:

  • Se odiará primero que nada lo establecido, el sistema; se hará notar en las redes sociales con una opinión que parezca ser un descubrimiento personal producto de las noches de no dormir (a pesar que el mundo entero ya lo haya notado).
  • Se apoyarán todos los movimientos que enarbolen cualquier causa social: la liberación del Tíbet, la de pandas de zoológico de Chapultepec, la legalización del gluten, etc.
  • Se opinará sobre las películas de moda como si se hicieran ensayos a lo Santo Tomás de Aquino; por ejemplo se armará una mesa redonda sobre las implicaciones simbólicas de Superman. Se denostará a quien diga que es sólo una película de superhéroes.
  • Terminantemente queda prohibido escuchar música popular; se preferirá el jazz y el rock; se postearán a primera hora del día una reseña bibliográfica en caso que muera un músico del tipo Lou Reed, aunque nada más se hayan escuchado a lo mucho dos canciones.
  • Se escribirán pensamientos en las redes sociales que delaten desdén por el universo, del tipo “Me odian porque soy más inteligente que todos”. Entre más ambiguo y oscuro el mensaje, mejor; por ejemplo “Soy quizá una luciérnaga en la noche del microcosmos. O tal vez no. O sí. O nunca. O siempre.” (Si se quiere ser muy alternativo se aceptará el otro lado de la moneda: un mensaje de sumo optimismo.)

Aparentar o ser honestos, ése es el dilema

La biblioteca de Shakespeare se componía de 50 libros. Albert Einstein redefinió la ciencia y la percepción de la realidad desde una oficina de patentes. Sin lugar a duda la acumulación de conocimientos, mucho menos la simulación, no nos convertirá de la noche a la mañana en un catedrático o un hombre que cambie a la sociedad con sus ideas. Y quizá ni lo necesitamos.

El arte, los eventos culturales, sentarse en las salas de cine, platicar con los amigos, debemos celebrarlos como actos de esparcimiento y de placer. 

La pasión conlleva una gran responsabilidad

Gustavo garcía
Homenaje a Gustavo García

Gustavo García se distinguía por ser un crítico agudo, lejos de esnobismos y pretensiones de redimir a ese cinéfilo que conoce directores de culto o películas subterráneas. Él amaba al cine, las historias, los encuadres, los actores; apilaba en sus recuerdos escenas del celuloide e incluso datos sobre la producción de películas igual que un niño que junta las estampas de un álbum. Ese espíritu resume la médula de esta nota que pretende rendir homenaje al gran crítico cinematográfico. La era digital abre las puertas para que el idiota de la aldea exprese sus balbuceos. Sin embargo para aprovechar los medios medios de comunicación, se necesita preparación, bagaje cultural, o ya de menos tener ideas ingeniosas; hablar de nuestras pasiones conlleva una gran responsabilidad.