Django Desencadenado, Tarantino visceral

| |

 

 

Por Nicolas Afonso

Corresponsal en España

 

Si hay algo por lo que destaca Quentin Tarantino, es la habilidad para haber conseguido saltarse todos los esquemas cinematográficos a lo largo de su carrera, a la par que hace homenajes a ese cine que jugaba en un segundo plano las ligas menores que poblaban los videoclubs de los años 80 y carteleras de cines de barrio. Al  detenernos a ver la filmografía del excelso director, las películas de Tarantino parecen ser el resultado de una indigestión de géneros regurgitados con esmero. Así, teníamos Pulp Fiction como homenaje contínuo al cine negro funk de los años setenta, los volúmenes 1 y 2 de Kill Bill que recuerdan una mezcla bastarda y actualizada de las películas de artes marciales y de samurais, Malditos Bastardos (Inglourious Basterds) manifestando el gusto por el hacer de aquellas películas bélicas que marcaron las factorías de cine exploit en los 70, de las que La Cruz de Hierro (Cross of Iron, Sam Peckinpah - 1977) resulta un claro exponente.

Pero el género por excelencia del cine B, fue durante muchos años el Western y tal vez fuera el Western la cuenta pendiente de Tarantino, cuenta que salda con Django Desencadenado (Django Unchained 2012).

Django es una película difícil de estructurar, tal vez porque la estructura no va con el cine de Tarantino. Podemos hablar de un planteamiento, pero de cientos de desenlaces dentro de un metraje que se antoja excesivo. Una película que es capaz de homenajear en un primer momento los western rodados en el desierto de Tabernas, pero que el director gradualmente va haciendo propia hasta difuminarla.

Recurriendo a técnicas artificiosas, Tarantino presenta una película que en un primer momento nos da la impresión de ir a ser lineal, pero que termina por ser una sucesión de giros, con golpes cómicos en abundancia, y con profusión de secundarios de altísimo nivel; secundarios como Leonardo di Caprio, cada vez más camaleónico y más alejado de sus pobres primeros papeles; como un dignísimo Don Johnson que parece haber reconducido su carrera a través de papeles menores de calidad y sobre todo, como un soberbio Samuel L. Jackson que se hace odiar con un malvado papel. Hay lugar en Django Desencadenado para el primer Django que hubo, Franco Nero, que interpretaba a un buscavidas en la película del mismo nombre de 1966.

Y es que es en el Django de 1966, dirigida por Sergio Corbucci, donde podemos encontrar la fuente de inspiración de principio a fin de Tarantino en su incursión por el mundo del Western. Son innumerables las referencias a modo de homenaje, comenzando por los créditos del comienzo, que se introducen, aunque el argumento sea radicalmente distinto.

Sin embargo, pese a la riqueza visual y estética de la película, una fotografía fantástica, hay una pieza que no termina de encajar en la cinta y no es otra que el papel de Christoph Waltz como el Dr Schultz que parece una extensión del coronel Hans Landa de Inglorious Bastards, papel que él mismo interpretaba, y que se hace monótono por momentos.

Por lo demás, Django Desencadenado resulta en un metraje donde el peso de las interpretaciones va oscilando conforme van entrando personajes en escena, llegando en el momento culminante, la cena en casa de Monsieur Candy, como una batalla interpretativa en la que Di Caprio canibaliza las excelentes representaciones de los demás personajes.

Cabe destacar también la violencia manifiesta de muchas de sus excenas, con profusión de sangre, pero sin llegar en ningún momento a saturar, lo que agradecen tanto estómagos sensibles como espectadores en busca de emociones fuertes, en una delicada muestra de que el cine de hoy, es en gran parte lo que es, gracias a la resurrección que Tarantino hizo de géneros denigrados por otros.