Edén

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Manuel Cruz

@cruzderivas

Con Edén, la directora Mia Hansen-Løve combina una narrativa del presente con el caos musical, en lo que parecería (erróneamente) la historia del techno en Francia durante los 90s, de donde surgió el ahora mundialmente reconocido dúo Daft Punk. Y aunque los personajes de Edénhacen ocasional mención al duo francés, desde sus orígenes en clubs nocturnos hasta su presencia mundial, la trama se enfoca en Cheers, otro dúo formado Paul (Félix de Givry), un adolescente interesado en fusionar la música disco con la electrónica, e ilusionado observador de múltiples raves en su tierra natal, espacios dominados por esta nueva música, a la cual desea unirse.

Edén sigue la vida de Paul (Félix de Givry) como DJ durante los 90's
Edén sigue la vida de Paul (Félix de Givry) como DJ durante los 90's

Edén sigue a Paul a través de años, viajes, relaciones y múltiples fiestas, cargadas de un soundtrack memorable que incluye a Joe SmoothArnold Jarvis y muchos más, además de Daft Punk. Pero la cinta nunca se siente como un enorme video musical. Aún cuando Hansen-Løve está interesada en observar el contexto que rodea a sus personajes, siempre hay una historia por contar, y la cámara de Denis Lenoir enfatiza con extraordinaria habilidad a Paul y sus múltiples secuaces y rivales entre las fiestas. Debajo de la palpable emoción musical yace un conflicto en lento desarrollo, y Hansen-Løve siempre está ahí para recordarle a su audiencia. La estética de Edén, representada en una cámara ocasionalmente temblorosa y paciente a la espera de nuevos encuentros entre los personajes es consecuencia directa del estilo narrativo que Hansen-Løve escogió para narrar su historia, uno muy similar al empleado por Abdellatif Kechiche en La Vida de Adéle, y quizás un potencial responsable por las críticas negativas a la cinta.

Edén aparenta ser una cinta de raves, como La Vida de Adéle una de sexo lésbico. Pero debajo de la superficie hay un ritmo lento, paciente, que explica la duración de la cinta en casi 3 horas, y podría - a primera vista - resultar aburrido.

Pero no tiene por qué ser así, ni con La Vida de Adéle ni con Edén. Una vez más, su historia es una narrativa del presente: No importa qué haya pasado antes en la vida de Paul, qué pasara después, y mucho menos, por qué su vida es así. Lo relevante, lo que se presenta a los ojos de la audiencia, es lo que pasa. Y lo que pasa puede ser lento, veloz, intermitente, o banal. Pero siempre tiene un significado.

Esta decisión narrativa convierte a Edén en una especie de rave eterno: es una cinta que progresa, llega a momentos climáticos, descansa de ellos, entra en fases depresivas, sale de ellas para encontrar armonía en el universo que la rodea, y repite todo el proceso, punto por punto. Es la historia de una canción techno, del contexto que la rodea, y del hombre que la compuso: tan caótica e impredecible como su propia vida.

Edén es una genuina experiencia cinematográfica: la invitación a un universo audiovisual que arrastra a su espectador junto con Paul (y la extraordinaria sutileza actoral de Givry, junto al resto del formidable elenco), y lo deja en duda: sobre la estructura musical, el proceso de creación, y la vida misma.

Edén es una de las mejores películas del año.