Aprovechando su próximo estreno, el cineasta francés F.J. Ossang ha concedido una entrevista a SensaCine para promocionar su nueva película, 9 dedos.

9 dedos es una película muy particular. Cuéntanos el origen de esta historia de bandas criminales y barcos fantasmas.

F.J. Ossang– Quería hacer una película de barcos. Es muy difícil hacer películas de barcos, porque son caros, da igual a qué puerto vayas, porque estamos en una economía globalizada y es igual de costoso en Le Havre como en Rotterdan. Pero aún y así, quería hacer esta historia. En todas mis películas hay barcos, sobre todo barcos fantasmas, y en este caso, pretendía volver a mi juventud, para recrear esos apasionantes relatos de aventuras marítimas como el de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe, o los del Capitán Marryat, cuyo apellido da nombre al barco del filme. Tiene una novela, por cierto, que se llama Buque fantasma. Y aquí el barco navega va por tres géneros distintos: el cine noir, el género de aventuras marítimas y la ciencia-ficción más gótica.

La película a veces parece hasta un sueño

F.J. Ossang– Me gusta pensar que 9 dedos sueña una historia en vez de contarla. Es como un sueño de cosas que no existen. Pero también es una película política: y la veo como una metáfora de nuestro tiempo totalmente mortífero

En ‘9 dedos’ pasas de secuencias mudas, estampas que recrean el cine silente, a escenas de diálogos casi filosóficos.

F.J. Ossang– Sí, no hay muchos diálogos en 9 dedos y la primera palabra llega a los siete minutos. Es cierto que mi retórica cinematográfica bebe del cine mudo (Fritz Lang, Eisenstein, Jean Epstein) y a veces ¡hasta no entiendo las películas actuales! Pero también me gusta mucho también el cine de conversaciones y diálogos. Amo La mamá y la puta, de Jean Eustache, por ejemplo. Creo que es la mejor interpretación de Jean-Pierre Léaud y me gusta pensar que 9 dedos es mi película más eustachiana. Sobre los diálogos filosóficos: no todos los personajes divagan así. Magliore, el capitán…. Hay diálogos sobre el libre albedrío, en efecto. Pero también hay líneas que son como dardos, como muy gráficos. Cuando el capitán sale a saludar a la banda con un “¡Bienvenidos al infierno!”. Lo que quería y lo que me interesaba era sondear la calidad tóxica del lenguaje. Cada personaje se enfrenta de manera muy distinta a la realidad, como si fuera un chiste extraño.  

Tengo la sensación de que en el barco de 9 dedos has metido todas las cosas que amas y que de alguna manera te definen como creador.

F.J. Ossang– ¡El barco de Ossang! [risas] Probablemente, sí.

¿Qué tienen las islas Azores que acaban siendo el escenario del fin del mundo en tus películas?

F.J. Ossang– La primera vez que estuve en las Azores fue con Le trésor des iles chiennes (1990). Quería rodar ahí, a pesar de que el productor Paulo Branco se negaba por completo. Pero lo conseguí, y bueno, es un poco como el fin del mundo, un grupo de islas perdidas en medio del océano Atlántico. Pero las islas son el fin del mundo, pero también el centro del mundo, porque ahí se tocan tres placas tectónicas: la placa continental, americana y la africana. Y esta la idea de que son un poco como la Atlántida.

Hay algunas cuestiones de 9 dedos que me recuerdan precisamente a Le trésor des iles chiennes.

F.J. Ossang– En mis historias siempre hay una catástrofe que lo transforma todo. Y sí, hay algunas cuestiones que son recurrentes. En Le trésor des iles chiennes y Docteur Chance (1997) está la cuestión de la enfermedad, del virus. Eran años en que la sombra del Sida era muy fuerte, y también del nuevo orden de George Bush y la Primera Guerra del Golfo. Más de 25 años después, el mundo ha cambiado por completo: ya no existe la URSS, hay un problema ecológico profundo, caos total en Oriente Medio. 9 dedos intenta ser una metáfora del presente. Un sueño sobre hechos objetivos.

Tu cinefilia es impresionante. Quería preguntarte por tus películas favoritas de barcos y aventuras marítimas.

F.J. Ossang– Pues, a mi juicio, no hay tantas películas de barcos que sean muy buenas. Está la de Orson Welles, Estambul (1943), que sufrió la tijera del productor en la sala de montaje, o Master and Commander (2003), de Peter Weir, que es apabullante. ¡A pesar de todos los efectos digitales!».

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