Recientemente, ha surgido una fuerte polémica alrededor de la decisión de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC), en el sentido de que se aplique de forma rigurosa la ley sobre el doblaje, permitiéndose sólo para películas infantiles, o en lenguas indígenas. Obviamente, eso levantó ampolla en el medio de los doblistas mexicanos, que últimamente han sido muy golpeados en su profesión, y que ven esto como el clavo final del ataùd.

Lo cierto es que este argumento ha puesto de nuevo sobre la mesa uno de los temas que más se han hecho notar dentro del medio, que es la calidad del cine mexicano. De acuerdo a la lógica de la AMACC, las cintas subtituladas harían que los espectadores prefirieran las producciones nacionales, que resultarían más atractivas por estar en el idioma original. Lo cierto es que es muy difícil que se genere este atractivo, cuando las producciones nacionales no salen de fórmulas reutilizadas una y otra vez, con humor predecible y de bajo nivel.

El impulso que el cine mexicano requiere, es el abrir las puertas a nuevos talentos, que difícilmente logran abrirse paso dentro de un medio de vacas sagradas. Ideas originales existen, pero mientras no se les dè ocasión de crecer, no podremos ver nada que realmente nos impulse a buscarlos. La solución es, en resumen, mejorar nuestra calidad, no prohibir la competencia.

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