En Un Patio de París

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Manuel Cruz

@cruzderivas

En Un Patio de París, una de dos cintas francesas en cartelera donde Catherine Deneuve demuestra magníficamente su habilidad actoral, quedaría mejor descrita como una comedia realista. Una historia donde el humor, si bien presente y astuto, nunca exagera a los personajes y la situación que rodea, quizás en un acto de respeto a la particular condición de la soledad.

Porque todos están solos en esta historia. Deneuve interpreta a Mathilde, una mujer que parece enfocar todas sus energías en el rescate del edificio donde ha pasado sus últimos años con su despreocupado marido Serge (Féodor Atkine), bajo el temor de que sus cimientos se derrumben. Ello ocurre poco después de la llegada de Antoine (Gustave Kervern), quien abandona su ya deprimente carrera musical para operar de conserje en el viejo condominio. Como buena pieza de ensamble, Antoine se relaciona con una colección de personajes secundarios, cada uno con su peculiaridad: Un joven y obsesivo recolector de bicicletas, cuyo hobby resulta molesto para un neurótico y controlador vecino, que más tarde revela sus propios hábitos. Un anciano ciego que disfruta escuchar las noticias pesimistas, leídas ocasionalmente por Mathilde, y posteriormente Antoine. Y, más adelante en la historia, un musculoso guardia de seguridad que, acompañado de su perro, busca difundir las enseñanzas del culto al que se ha aliado recientemente, repartiendo panfletos y carteles por la fuerza, muy para la preocupación de Antoine.

Catherine Deneuve en En Un Patio de París
Catherine Deneuve en En Un Patio de París

Cada uno de estos personajes tiene elementos de humor, especialmente ante la actitud seca y agotada del propio Antoine, una especie de Obelix deprimido en la piel de Gustave Kervern. Pero la aspiración narrativa no va hacia un mejor futuro, sino una exploración detallista del presente: La cinta se mueve con lentitud, en un exitoso intento por plasmar el universo de detalles mundanos que rodea a sus personajes. El cine, finalmente, comenzó como un acto de observación, y En Un Patio de París, sin salirse de su terreno ficticio (que finaliza su historia de manera sorprendente) reconoce e utiliza este principio histórico.

Lo que resulta es un conmovedor y profundo retrato de la condición humana, repleto de sutilezas que no sólo dan vida a sus personajes, también los reflejan en el mundo real. Como el cine más antiguo, el más básico, las aventuras de Antoine y sus colegas se manifiestan en actuaciones convincentes (racional y emocionalmente), empujando una historia que, por momentos, se siente como una fotografía de la vida urbana en el último siglo.