Tras del éxito de la cinta Roma, la actriz Yalitza Aparicio está frente a una gran oportunidad dentro de su carrera, pero al mismo tiempo encara uno de sus mayores riesgos, que es uno de los lastres más pesados que ha enfrentado la misma, y que es el encasillamiento.

Si bien hemos de reconocer que no es un problema exclusivo de México – Jason Statham siempre será el tipo rudo – debemos de reconocer que es una cuestión endémica e nuestra industria, y que venimos arrastrando desde tiempo atrás.

Este problema tiene dos vertientes, ambas igualmente dañinas. En la primera, los productores encuentran una fórmula que funciona, y comienzan a explotarla en todas las variantes posibles, hasta agotarla completamente. Esta tendencia llega a tal grado, que nuestro cine usualmente se define en momentos basados en estos tipo de historias, como el cine ranchero, el de luchadores, de ficheras etc.

Por el otro lado, cuando un actor encuentra un papel que le sienta especialmente bien, los mismos productores se encargan de darle sólo trabajo dentro de esa línea. Recordemos cuantas cintas hizo Mauricio Garcés como galán maduro, o qué papeles hizo Maria Elena Velasco fuera de su icónica India Maria. Y si Yalitza no se despierta, es muy probable que acabe encarnando para siempre a personajes de la servidumbre u orígenes humildes.

Si la actriz realmente quiere dejar marca dentro del cine nacional, será indispensable que se desmarque lo más pronto posible de esa línea. Un papel diametralmente opuesto para su próxima cinta, de modo que pueda despejar la duda que aún existe sobre su capacidad actoral, al tiempo que evitará que se vuelva otro papel prefabricado, que en nuestro país, tenemos ya varios.

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