HERZOG VS KINSKI - FILMANDO CON EL ENEMIGO

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Cronistas cinematográficos de todos los tiempos han recurrido a frases hechas como “Juntos son dinamita” o “Una pareja explosiva” para querer vender alguna película barata. Sin embargo, esos esfuerzos de burda adjetivación sí encajan perfectamente en los personajes que titulan esta nota.

Pocas veces existieron (y existirán) en el cine relaciones tan increíbles como la del director alemán Werner Herzog con su actor fetiche Klaus Kinski. Tomando la licencia de usar la palabra relación para definir una historia única, épica, que incluye devoción, sumisión, peleas, odios viscerales e intentos de asesinato (anécdota, si se puede llamar anécdota, de la filmación de Fitzcarraldo). Todas estas circunstancias en el marco de selvas amazónicas, desiertos calcinantes e historias de personajes fuera de sus cabales.

Esta historia tiene cinco capítulos fundamentales:
Aguirre, la  Ira de Dios (1972)
Woyzeck (1979)
Nosferatu (1979)
Fitzcarraldo  (1982)
Cobra Verde (1988)
Y tiene un broche final, sorprendente, revelador que es el documental Mein liebster Feind (1999) donde Herzog le rinde un más que póstumo homenaje a su odiada estrella. En este imperdible film descubrimos una historia de aristas únicas que nos devela algunos porqués de estas personalidades.

Para Herzog, Kinski es un paranoico, egomaníaco, e intolerante; pero la única persona con la “locura suficiente” para protagonizar sus películas.
Para Kinski, Herzog es un director-dictador filonazi, mediocre, infame, sin ningún talento, con la única capacidad de saber explotar a sus actores al máximo.
Pero tanto Herzog como Kinski se daban cuenta que lograban ser un tandem lo suficientemente compacto para garantizar la calidad de sus películas.
Se odiaban, se insultaban, se peleaban, se agredían, pero habían inventado una fórmula basada en una extraña química que lograba unos filmes geniales. Y por ende, se necesitaban. Uno no era casi nada sin el otro. Para rubricar esta afirmación, basta checar la filmografía de Kinski sin Herzog.  Y lo irregular de la carrera de Herzog (sin Kinski), hasta que se volcó decididamente a los documentales.

Al ser dos personalidades explosivas, intentaban tolerar sus odios mutuos y se ponían a trabajar. Cuando Herzog citaba a Kinski para un film, éste dejaba todos sus compromisos para ponerse a sus órdenes. Y no tenía objeción alguna en someterse a rodar tomas que ningún otro actor, en su sano juicio, siquiera hubiera imaginado realizar.

Un dato para conocer más el frenesí de las actuaciones de Kinski: en un reportaje del documental, un extra de “Aguirre” muestra la marca de una herida que lleva para siempre en su cabeza. Esta herida se la había propinado Kinski en una escena de la película. Esto no parece en sí nada espectacular, salvo que al término de su aparición el extra comenta que su cabeza estaba protegido por un casco y que la espada que usaba Kinski era de plástico.

Una anécdota para conocer más el espíritu de Herzog:  Fitzcarraldo cuenta la historia de un desvariado personaje que quiere crear una vía comercial para los barcos que recorren el Amazonas remolcándolos a través de una montaña. Para mostrar esto, Herzog no recurrió a ningún efecto especial. Simplemente, remolcó, a costa de algunas poco valiosas vidas de ayudantes indígenas, un barco a través de una montaña y lo filmó, convirtiéndose él mismo en un verdadero Fitzcarraldo.

En fin, resumiendo. Herzog vs. Kinski. Quizás los invitados ideales para un talk show del estilo “Mi marido aprieta el tubo de pasta de dientes por la mitad”. Un talk show diferente, que se podría promocionar con frases como: “Mi director me obliga a correr con los pies desnudos sobre arena calcinada a 50 grados de temperatura (famosa escena de Cobra Verde)”. Y el contragolpe podría ser: “Mi actor tuvo un ataque de furia de 24 horas seguidas, porque su café no tenía azúcar (souvenir de la filmación de Fitzcarraldo”).

La recomendación final sería repasar en orden cronológico la filmografía conjunta de estos dos personajes. E ir tratando de adivinar, gracias a los diversos  gestos y encuadres, situaciones que podrían haber sucedido en los sets.  Y cerrar con el imperdible documental que, paradójicamente, finaliza con un largo y reposado primer plano de Kinski jugueteando con una mariposa.  Toma de una calidez que sólo podría haberle arrancado Federico Fellini a Giuletta Massina; y que Herzog rescata luego de introducirnos en su volcánica relación a la manera de un forzoso Happy End o a la manera que ellos sólo se entendían: una contradictoria mezcla de amor y odio.