Por allá de la década de los cincuenta, según me cuenta mi madre, los días sábado los niños tomaban su catecismo en la Parroquia de los Santos Apostoles Felipe y Santiago, ubicada en la colonia Azcapotzalco en el centro de la colonia del mismo nombre, en la Ciudad de México.

Ese sábado era especial para todos los niños de ese entonces, porque además de ser preparados para su primera comunión de acuerdo a los cánones del catolicismo, una vez que terminaban, corrían a la puerta para recibir un boleto que certificaba no solo que habían tomado su clase, sino que les permitía acceder a una pequeña sala que hoy se ocupa como oficinas parroquiales, en donde podían disfrutar nada menos que de una película gratis.

Así, me dice mi madre, todos los niños corrían para ser los primeros y ocupar los lugares más cercanos a la pantalla. A veces, la catequista les daba una bolsa de dulces para acompañar la película, o incluso frutas, mientras que los niños disfrutaban de la oportunidad de vivir una tarde mágica viendo películas cada sábado. Eso sí, todos muy en orden bajo la consigna de que si no se comportaban no había película, misma que, para su ejecución, sólo necesitaba de un proyector de 16 mm, y una tela blanca colocada en una pared a manera de pantalla. Ahí comenzaba la aventura.

Tacuba Azcapotzalco

No sé si esto se haga todavía en algún lugar de nuestra Ciudad de México, pero sin duda me parece que era una forma genial de motivar a los niños a prepararse para su primera comunión y además, hacerse fieles al cine, disfrutar una película, conocer mundos mágicos y motivar su imaginación. Insisto, me parece sin duda, una magnifica forma de acercarse al cine y de que esos momentos queden grabados por siempre en la memoria.

Porque la magia del cine radica en ver la pantalla y en todos esos pensamientos que nos genera vivir por un momento en un mundo de imaginación…

 

http://cine3.com//2016/06/23/la-magia-de-asistir-al-cine/

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