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Las guerras dejan cicatrices, no sólo en los soldados que las luchan o los civiles que las padecen, si no en las sociedades que las soportan. Tal vez la Guerra de Afganistán, la más larga desarrollada por EEUU en sus más de 200 años de historia, dará lugar en el futuro a una suerte de reflexiones, como en su día ocurrió con la Guerra de Vietnam; si bien, a ésta le acompañó también la revolución cultural de la contracultura Pop.

Hasta entonces, las películas de la conmocionada sociedad americana, se ven encaminadas a encumbrar a sus héroes, algo racional y lógico, pero que desde una perspectiva más internacional se ve como un poderoso condicionamiento.

Toda esta introducción tiene como objetivo poner en perspectiva Lone Survivor (El Unico Superviviente, en los países de habla hispana), la última película de Peter Berg.

El realizador, que cuenta con una irregular carrera en la que ha sido responsable de la más que adecuada  Hancock y del auténtico fiasco que supuso Battleship. Sin embargo, nos hayamos ante un director con oficio que es capaz de ejecutar con presteza y profesionalidad un guión tan complicado como el de una película bélica. Y es que Lone Survivor debe de ser visto como una película bélica con todas sus implicaciones, personajes maniqueos, idealización de los comportamientos y supeditación del espectador a un punto de vista simple, donde la adrenalina y el drama toman partido. No en vano, son muy escasas las muestras en las que el cine bélico nos ha dado puntos de vista neutrales y con distinto resultado. LoneSurvivor2

No. El objetivo de las comúnmente denominadas «Películas de Guerra», es otro, y por eso deben de interpretarse de distinto modo. Con esas premisas, hay que reconocer que Lone Survivor es una gran película de guerra, pero cuyo punto de vista excesivamente partidista devalúa el guión, basado en un hecho real, que obvia la perspectiva del invadido con la finalidad de buscar una mayor implicación del espectador en el drama.

Lone Survivor presenta un reparto encabezado por Mark Wahlberg que se ve bien secundado por los co-pratogonistas Taylor Kitsch, Emile Hirsch y Ben Foster, caras conocidas del cine que  dan soporte de alto grado a una producción que sin tirar la casa por la ventana, justifica la inversión de 50 Millones de dólares que costó la realización. Unos actores que recibieron el mismo entrenamiento que llevan a cabo los Seal durante 9 meses a fin de poderse meter bien en el papel, y a fe que el esfuerzo mereció la pena, para lo bueno, como para lo malo.

La historia, insistimos, basada en un hecho real, narra la emboscada a la que se ven sometidos 4 miembros del cuerpo de élite de los Navy Seals en una desastrosa operación en las montañas de Afganistán. Una historia que se marca perfectamente en tres actos, una presentación que sirve para empatizar con los personajes, un segundo acto en el cual el tedio de una operación como esta toma su protagonismo y un giro que da lugar a una espectacular batalla narrada en tiempo real. Pero es en su tercer acto, donde se presenta el lado humano de la guerra, siempre, insistimos, desde un punto de vista parcial, que destaca por su emotividad bien trabajada.

Pero sobre todo, pocas veces hablamos del ritmo de una película, y aquí se desvela como algo fundamental. Son dos horas de cine intensos, con suaves ondulaciones en un pulso al que se lleva con un suave y meritorio planteamiento y que hace que el espectador se ponga rápidamente de parte de los protagonistas.

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El espectador saldrá con una sensación agridulce. Por una parte, debido a su excelente realización, saldrá con el gusto de haber visto una buena película de guerra, pero sin duda, le quedará la duda de como habría sido la misma película si la hubiéramos visto desde un punto de vista no tan marcadamente americano.

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