Usualmente, cuando se habla de las grandes mujeres mexicanas, suelen surgir los mismos nombres una y otra vez, y muchísimas veces, se dejan fuera verdaderos talentos que, en su momento, fueron verdaderos parteaguas dentro de sus respectivas àreas de desarrollo. Uno de estos nombres que se han pasado por alto, fue Matilde Landeta.

Nacida el 20 de septiembre de 1913, llegò accidentalmente al medio cinematográfico, ayudando a su hermano Eduardo, hasta que consiguió su primer trabajo serio como continuista. Si bien nunca tuvo estudios, trabajò muy cerca de figuras como Emlilio Fernàndez, Julio Bracho y Roberto Gavaldón, junto a quienes aprendió los secretos de la dirección, lo que la llevó a ser asistente de varios de ellos.

Para mediados de los cuarentas, empeña su propia casa para fundar su propia productora, TACMA SA de CV. Bajo esta firma, lanza sus dos primeras cintas: Lola Casanova, y La Negra Angustias, que ella tambièn escribió.

Para 1951, filma Trotacalles, que la daría a conocer en el círculo comercial. A partir de ahí, se hizo de un espacio en el medio, aunque se centró más en su trabajo de guionista. Sin embargo, realizò varios cortometrajes en esos años.

Sus cintas suelen centrarse en personajes femeninos fuertes e independientes, que dividió a los espectadores, y por ello, sus cintas nunca pasaban desapercibidas: O eran amadas, u odiadas.

Matilde murió en 1999, dejando tras de sí un acervo que, hasta la fecha, se ha ido olvidando, prefiriendo íconos femeninos más «comerciales».

 

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