Llega a las pantallas españolas una nueva vuelta de tuerca sobre el subgénero más explotado dentro del cine fantástico. Nos referimos, como no podía ser de otra manera, al cine de vampiros.

A vueltas con crespúsculos, underworlds, etc, parece que la reinvención y el enorme vigor que le diera a nuestros escatológicos seres de la noche la magnífica «Entrevista con el Vampiro», de Neil Jordan, allá por el ya lejano 1995, empieza a dar síntomas de agotamiento, y el vampirismo no resulta si no una sucesiva revisión de los mismos conceptos. Quitando pequeñas incursiones muy meritorias, como el más que decente remake de «Noche de Miedo», de 2011, o las sucesivas versiones de «Let me in», tanto en su formato sueco, como americano,  es notable la sensación de que se comienza a caer en los tópicos haciendo de estas películas, algo predecible y que difícilmente llega a dar satisfacciones más allá de una horda de adolescentes y prepubers.

Con casi dos años de retraso debido a problemas en la distribución, llega a las carteleras quizás un pequeño soplo de aire fresco, que da un poco de brillo a los rescoldos en que se ha convertido el cine de vampiros. Somos la noche (Wir sind die Nacht) de Dennis Gansel es un ejercicio visual, un sumario de estilos donde vemos reflejados gran cantidad de tópicos. Sin embargo, se atreve con pequeños elementos que le dan algo de ligereza al film.

Hay que tener en cuenta, que Gansel, tiene experiencia en sacudir las mentes más incautas. En «La Ola» (Die Welle), encontramos la cruda realidad de la manipulación mental a la que voluntariamente se sometió el pueblo alemán en tiempos del nazismo retratada en un experimento social en un instituto de nuestros días. Del mismo modo, Gansel escapa del

vampiro tradicional y sacude de nuevo las convicciones costumbristas para presentarnos un grupo de vampiresas (no aparece ningún vampiro varón en la película) representantes en cierta medida de como ha ido cambiando la feminidad a lo largo de la sociedad en los ultimos años a través de sus protagonistas. Tendremos a Louise (Nina Hoss), como la líder que encarna la visión más gótica y clásica que nos viene a todos a la mente al pensar en el vampiro, acompañadas por sus secuaces, Charlotte, que fuera convertida en los a

 

ños veinte, y Nora, que viese el sol por última vez en los noventa. Cuando una nueva miembro del grupo aparece en escena, el grupo se desestabilizará al aparecer Lena, que se debate entre su recién adquirida inmortalidad y el amor que profesa a un policía.

Es curioso ver la disparidad de personajes que encarnan las diferentes damas de la noche, ya que al convertirse quedan ancladas en su tiempo, dando lugar a un gradiente de complejas personalidades dentro de la película, lo que la dota de riqueza. Las escenas, muy cuidadas, resultan en orgías de sangre que conjugan con delicadas transposiciones de intensos juegos de colores oscuros, dotando a la noche berlinesa de un entorno tenebroso e inquietante. De tal forma en que los personajes representan la diferente evolución de la mujer, desde el siglo XVIII a nuestros días, la banda sonora equilibra sinfonías neoclásicas con indudables elementos góticos con música de nuestros días en una magnífica armonía.

Pero viendo más allá del argumento, la cinta resulta en un alegato a la libertad sexual y la emancipación femenina, esa meta que parece que retrocede en estos tiempos de intolerancia y es que son claras las nada disimuladas connotaciones lésbicas, vistiendo a tan inmortales criaturas de sentimientos muy humanos, como los celos, los anhelos, y la persecución enterna del amor perfecto.

Una película cuando menos curiosa, que hay que ver con la mente abierta para ser capaz de adentrarse en el mensaje que eficientemente nos esconde el director, como así lo viera el el jurado del festival de Sitges en 2011 al otorgarle su premio especial

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