Manuel Cruz

@cruzderivas

La guerra entre buenos y malos ha muerto, si es que alguna vez vivió. Una posible evidencia para esta afirmación se puede encontrar en Traffic, cinta de Steven Soderbergh que vio a “la guerra de las drogas” como una exposición de la complejidad humana en el borde de la ética y la moralidad, y que contribuyó a la fama de Benicio del Toro, uno de los múltiples personajes en la cinta.

Exactamente 15 años después, del Toro regresa a un escenario similar, pero la realidad ha cambiado: Si Traffic presentaba a los narcotraficantes mexicanos como maleantes vestidos de ScarfaceSicario de Denis Villeneuve se enfoca en las consecuencias de sus acciones, y no hay prueba más fría de ello que durante la invasión de fuerzas estadounidenses en coordinación con la ley mexicana a Ciudad Juárez, en una misión que comienza a perder control ante el terreno donde sucede, desembocando en una pequeña masacre.

Del Toro interpreta a Alejandro Medellín, el tercer elemento de un grupo que podría representar las diferentes percepciones ante el narcotráfico: Medellín, originalmente un abogado colombiano, ya ha visto mucha brutalidad, y la situación actual no le sorprende. Matt Graver (Josh Brolin), pese a estar consciente del infierno que le rodea, todavía encuentra algo lúdico en su profesión, mofándose del español hablado por aquellos que captura, y haciendo constantes metáforas del “caos” y “desastre” que su unidad debe conseguir para atrapar a Fausto Alarcón (Julio Cedillo), responsable de una serie de asesinatos tanto en México como Estados Unidos, y elemento importante en la compleja red de narcotráfico entre ambos países.

Emily Blunt, Josh Brolin, y Benicia del Toro en Tierra de Nadie: Sicario
Emily Blunt, Josh Brolin, y Benicia del Toro en Tierra de Nadie: Sicario

La actitud entretenida de Graver no repercute bien en Kate (Emily Blunt), una agente especializada en secuestros que responde con una mezcla de curiosidad e indignación a su nueva tarea: lo que, para ella, comienza siendo una misión por apresar al responsable de la muerte de sus colegas tras una redada a sospechosos en el inicio de la cinta, se convierte en la entrada a un mundo donde no parece haber reglas, mucho menos arrepentimiento moral. Su percepción de la guerra evoluciona conforme se adentra más en ella.

Este conflicto entre realidad y percepción, quizás reflejado en la audiencia a través de Kate, podría ser lo más interesante sobre Sicario: Si bien la cinta es un trabajo de ficción (escrito por Taylor Sheridan), y su veracidad es cuestionable, la cinta se siente como el resultado de mucha investigación, o al menos, un intento exitoso por alejarse de estereotipos. Al igual que TrafficSicario no toma bandos en la complejidad que rodea a su tema de estudio. Más bien, cuestiona afirmaciones: ¿Puede Estados Unidos, con su fuerza y precisión militar, intervenir en el conflicto sin alto riesgo de pérdida y derramamiento de sangre? La secuencia en Ciudad Juárez, que demuestra la intersección entre el narcotráfico, la seguridad nacional y el estado civil con eficiente frialdad, es un punto de desacuerdo. Kate, quizás como una gran parte del mundo, es la más esperanzada de todos, y al final, la más ingenua. Tiene que haber una forma legal y civilizada de terminar con el caos. Pero conforme Sicario avanza, esa tesis se vuelve más ambigua, hasta desembocar en una conclusión que pone de cabeza el orden de la realidad.

La guerra entre buenos y malos ha muerto.

Además de ser un excelente thriller, con notables actuaciones de Blunt y del Toro, y otra demostración de fotografía magistral para Roger DeakinsSicarioatiende una necesidad importante en el cine mundial. Si bien algunos elementos de su narrativa podrían responder a las necesidades de hacer una película atrapante, su tesis reside en el mundo real. El inicio y final de la cinta lo demuestra, presentando situaciones y consecuencias que se han vuelto tristemente comunes para un lado del mundo, pero que podrían sorprender a otro.

Quizás tras ver se empieza a pensar.

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