Cuando salió en 1983, una escena de Scarface (y quizás la película entera) podía interpretarse de menos formas que actualmente: Tony Montana (Al Pacino) flota en una enorme tina circular, viendo un televisor enmarcado en oro, un material común de su opulenta mansión. A su lado, Manny (Steven Bauer), su compañero de aventuras desde el origen de ambos como migrantes cubanos a Estados Unidos, y ahora su jefe de seguridad, intenta tranquilizarlo respecto a cualquier cosa que lo haga enfurecer, algo frecuente en él, sobretodo si Elvira (Michelle Pfeiffer), su actual esposa, abrupta ex-mujer de un narcotraficante que el propio Montana asesina para heredar su imperio, y potencial precedente de Uma Thurman y su relación con la cocaína en Pulp Fiction, lo provoca. Montana se queja de ella, de los crecientes esfuerzos de la ley por derrumbar el imperio narcotraficante de Miami durante los 80’s (del cual él, evidentemente, forma parte), de su falta de aliados, de su paranoia, de sus viejos amigos, de su hermana, de su madre, y de todo lo habido y por haber. Cuando la brutal examinación de sus molestias concluye, es hora de pasar al método para resolverlas: Los va a matar a todos, los va a destruir, los va a hacer polvo, porque él es invencible, es el mejor, va a construir una pared alrededor de sus enemigos y va a hacer que México y los musulmanes y los negros y los judíos y los animales y los peces paguen por ella… Bueno, eso último, no.

Tony Montana, el pariente bastardo y tropical de Donald Trump
Tony Montana, el pariente bastardo y tropical de Donald Trump

Pero esa es una comparación válida al ver Scarface en 2016, durante el corto periodo que Cinépolis la exhibe en sus salas. Y es difícil no encontrar los elementos comunes: Dos personajes brutos, llenos de ambición, en la búsqueda de una utopía egocentrista, y capaces de aparentemente cualquier cosa para llegar a ella. Uno es porrista mayor del ala radical de Estados Unidos, una absoluta humillación para la construcción mínima del lenguaje y la lógica, motivo de rencor entre grupos de mujeres, afroamericanos y latinoamericanos, y gran dolor en las partes bajas (cada quien puede imaginar lo que quiera) de su partido. El otro es Al Pacino con una actitud que va de lo intimidante a lo absurdo pasada la primera hora de la cinta, y con pistolas.

La proeza actoral de Al Pacino para crear a un personaje latinoamericano se pierde conforme avanza la trama
La proeza actoral de Al Pacino para crear a un personaje latinoamericano se pierde conforme avanza la trama

Lo más conflictivo de Scarface es encontrar, al menos en fundamentos históricos, la razón de su éxito. Al final, el cine está abierto a la opinión, y así como habrá un sector que ve a la cinta de Brian De Palma como un clásico, habrá otro que no termina de sacudirse el aburrimiento, y defiende a El Fantasma del Paraíso como su obra maestra. Por dos razones. La primera, es que gran parte de lo que Scarface hace, la tensión – a veces ejecutada con más ingenio en algunas escenas que en otras – precedente a la masacre de decenas, incluso cientos de maleantes por obra de Montana y su equipo, se ha trasladado al público de una forma mucho más interactiva: Incluso el segundo Grand Theft Auto, situado en una visión exagerada de Miami llamada Vice City, toma inspiración sin pudor de Scarface. Entonces, para una generación, se puede hacer el argumento (potencial justificante de la flojera, pero argumento aún así) de que no hay mucho caso en ver si se puede hacer.

Elvira (Michelle Pfeiffer) está tan aburrida en esta película, como el resto del mundo
Elvira (Michelle Pfeiffer) está tan aburrida en esta película, como el resto del mundo

Para la otra generación, la que conoce la película desde su origen, el argumento es más fuerte. Para el estreno de ScarfaceEl Padrino I y El Padrino II ya eran películas debidamente reconocidas, al extremo de darle a Pacino su nombre. Taxi Driver ya había explorado las aventuras y conflictos de un sociópata. Y en términos de pura violencia, La Masacre en Texas ya existía. Pero es relevante volver a los primeros dos ejemplos, y compararlos (para quien no la conozca antes) con la trama de Scarface: Tony Montana llega de Cuba a Estados Unidos entre una ola de migrantes. Profundamente decepcionado y rencoroso de las realidad comunista de Fidel Castro, busca re-iniciar su vida bajo la promesa y el poder del Sueño Americano. Lo quiere todo, y no se va a detener hasta conseguirlo. Es impulsivo, insultante, violento, e incapaz de alejarse de cualquiera de estos espacios. De una matanza a la otra, se vuelve más poderoso, traiciona a los que lo colocan en esa posición para apropiarse de su poder, se vuelve paranoico y finalmente muere por manos de un rival más peligroso (no sin antes masacrar a los aliados de este, de una manera que volvería escéptico al Terminator)

Pacino logró reconocimiento global por su rol en El Padrino. Pero en Scarface, acaba interpretando a una farsa de si mismo
Pacino logró reconocimiento global por su rol en El Padrino. Pero en Scarface, acaba interpretando a una farsa de si mismo

¿Y para qué? En el caso de Los Padrinos, Michael Corleone (personaje de Pacino), así como el resto de su familia, atraviesa una serie de cambios que generan verosimilitud y empatía. Hay un sentido de identificación. Cuando masacran a James Caan en I, no es difícil sentir dolor, posteriormente expresado en su padre, Vito Corleone (Marlon Brando), porque había un personaje antes de llagar a ese momento. Cuando Montana finalmente se muere, dan ganas de levantarse al fin e ir a cenar brócoli. La falta de cambio o afecto en Montana también impacta la actuación de Pacino, y es difícil culparlo: ¿Qué puede hacer cuando al personaje se le acaban los trucos? Al mismo tiempo, algunas decisiones de DePalma sobre la posición de la cámara, junto a la música de Giorgio Moroder suelen llevar lo aparentemente serio a la risa, y quizás esa era la intención: Carcajadas ocasionales entre la siesta cuando nada sucede y ¡oh, otra masacre!

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La secuencia final de Scarface, una de 5 escenas que le dan fama a la cinta

Al final, Scarface es interpretable. Pero ese mismo acto se podría aplicar a quizás cualquier película, y el por qué de la interpretación suele ser lo más interesante. Ahora mismo, la cinta se puede ver como una comparación válida hacia Trump, algunas de sus secuencias de acción mantienen interés (aunque eso no le sirve de mucho a una generación criada en Grand Theft Auto), y al final se convierte en una farsa de todo lo que El Padrino hizo antes y con más profundidad. Quizás sea la primera película en que Pacino, de alguna forma, interpreta a una versión de si mismo. Nada de esto le quita entretenimiento, y seguramente habrá un grupo que aprecie, con sorpresa, nostalgia, o ambas, los 45 o 50 minutos de acción en casi 3 horas de película. Pero también hay otro sector, profundamente dudoso de su aparente relevancia histórica.

SCARFACE

Dirección: Brian De Palma

Guión: Oliver Stone

Producción: Martin Bergman

Elenco: Al Pacino, Steven Bauer, Michelle Pfeiffer

CLASIFICACIÓN CINE3: 2/5

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