El cine de luchadores se explotó hasta el cansancio con las grandes estrellas del pancracio mexicano. Pero difícilmente encontraremos producciones fílmicas de calidad. La Bestia Magnífica, película dirigida por Chano Urueta que inauguró el género es una de ellas. La cinta argentina Reencuentro con la gloria, aunque muy vapuleada en su tiempo, ahora es una pieza histórica.

 

 

A medio camino entre ambas se encuentra La Última Lucha de 1959 dirigida por Julián Soler y producida por Wolf Ruvinskis. Cuenta también con el guión del literato y periodista argentino Ulises Petit de Murat. Al frente en los créditos se encuentra Carlos Baena, Wolf Ruvinskis, Martha Mijares y Rosa Carmina.

Como soporte Fernando Fernández, Luis Aragón y Beto el Boticario. Realizando un trabajo actoral aceptable, los luchadores Alex Romano, Lobo Negro, Cavernario Galindo y Rito Romero. La Última Lucha es el título de un drama que trata la vida de los luchadores. No son héroes sino seres humanos que realizan un trabajo difícil para sobrevivir.

Una gira por el interior de la República Mexicana es la alternativa que necesita un grupo de luchadores para salir de sus problemas. Un joven actor de teatro requiere otro ingreso cuando la obra en que trabaja es cancelada. Un padre de familia ha robado dinero para la operación de su hija y necesita ocultarse tras una máscara. Y el más violento atleta de la plantilla debe conseguir dinero para complacer los caprichos de su esposa.

La cinta de 90 minutos no tiene desperdicio: tragicomedia, enredos pasionales, acción y suspenso. Además, se presenta desde el punto de vista del luchador, de hombres con un oficio desconcertante. En una de las escenas en carretera se define así en una línea del promotor:

«No olviden que la gente no entiende eso de que ustedes sean muy amigos en la calle y se partan el alma en el ring. Así es que, ya lo saben, no quiero verlos juntos en ningún lugar.»

La película no es tan abierta como Reencuentro con la gloria acerca del carácter predeterminado de los combates. Pero lo suficiente para resultar interesante. Tampoco tiene el dramatismo de La Bestia Magnifica, sin embargo, cumple con presentar la parte seria de la profesión.

La camaradería fuera del cuadrilátero puede resultar cursi y hasta ridícula. Sobre todo por la melodía principal, que se repite hasta el hastío. Pero sirve de contraste para los encuentros sobre el ring, donde la fama y el dinero los enfrenta cual feroces rivales. Imperdible para los amantes del cine de luchadores.

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